Recomendadísima: “Crónicas Mínimas” de Manuel Conthe.

por Saviálogos | 10/02/2010

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Bajo el título La conversión de los españolesManuel Cothe escribía el martes en la edición escrita del diario Expansión. Tal y como apuntábamos ayer, se tata de un texto cargado de reflexión y el característico sentido del humor de su autor.  Reproducimos  a continuación el artículo para que disfrutéis de su lectura:

 

La Conversión de los Españoles
 
Los acontecimientos se han precipitado desde que, en “La conversión de Zapatero“, formulé el deseo de que el presidente del Gobierno tomara conciencia de las inquietantes señales que procedían de los mercados de deuda pública y anunciara medidas que infundan confianza a quienes financian al conjunto de entidades españolas, públicas y privadas. Esa conversión, producida al parecer en las postrimerías de 2009 -según señalaba ayer el “El País”-, no se manifestó hasta el 29 de enero, cuando el Gobierno hizo dos anuncios ya célebres: alargar progresivamente hasta los 67 años la edad de jubilación y recortar el gasto público en los próximos años en 50.000 millones de euros. A tales anuncios se añadió el viernes el inicio de un nuevo diálogo sobre la reforma del mercado de trabajo, que, poco ambiciosa de momento, debiera acabar siéndolo más.

 

Muchos países -entre ellos España- deseábamos, sin embargo, integrarnos pronto en el euro, para lograr unos tipos de interés tan bajos como los de Alemania. Nuestro deseo se cumplió y, sin darnos cuenta, nos afligió una inesperada “maldición de Oscar Wilde”: “Cuando los dioses quieren castigarnos, hacen realidad nuestras plegarias”, dice el protagonista de “Un marido ideal“. Así, el reducido  nivel de tipos de interés del que llevamos disfrutando en España desde hace más de una década, aunque facilitó la internacionalización de muchas grandes empresas, produjo también un crecimiento excesivo de la demanda interna y del endeudamiento privado, provocó una perniciosa e inmensa “burbuja inmobiliaria” y produjo, en fin, una progresiva pérdida de competitividad internacional cuyo síntoma más visible fue el elevado déficit de la balanza de pagos.

 

Ese largo período de bonanza, de euforia inmobiliaria y bajos tipos de interés hizo crecer los ingresos tributarios y minoró el coste de la deuda, ocultó nuestros graves desequilibrios y asentó en políticos y ciudadanos una inclinación por el aumento progresivo del gasto público, del tamaño de las Administraciones y del derecho a las prestaciones y servicios públicos.

 

Muchos nos inquietamos, desde hace años, ante la magnitud de esos desequilibrios, pero -con contadas excepciones, en las que yo, desde luego, no me incluyo- no dimos la voz de alarma, con claridad y energía sobre los peligros en ciernes. El magro consuelo es que esas advertencias rara vez son escuchadas: a principios de 2001, a pesar de que Irlanda estaba logrando un superávit presupuestario de más del 4% del PIB, la Comisión Europea criticó su política pro-cíclica de aumento de gastos y bajada de impuestos.

 

Ahora, además de corregir los desequilibrios acumulados (elevado déficit público, pérdida de competitividad y desequilibrio exterior, debilidad del sistema bancario…), debiéramos aspirar a alcanzar el grado de flexibilidad y competitividad que debiéramos haber cumplido antes de integrarnos en el euro. Por eso las reformas precisas son ingentes, durarán años y suscitarán el rechazo frontal de los sindicatos y de muchos ciudadanos, incluso aunque se expliquen con una pedagogía más acertada que la improvisada por el Gobierno.

 

Serán precisos recortes del tamaño de las Administraciones públicas -no sólo del Estado, sino también de Comunidades Autónomas y Ayuntamientos-, aumento de impuestos, reducciones nominales o, cuando menos, congelaciones de salarios y precios, una flexibilización del mercado de trabajo, mejoras del sistema educativo y otros muchos cambios. Que todos los jóvenes (e incluso políticos) hablen perfecto inglés será más importante que poder hablar gallego en el Senado.
 

(…)

 

Los inversores internacionales, las agencias de calificación y los especuladores no observan sólo los anuncios de los Gobiernos: también valoran la capacidad de los países y sus sistemas políticos para afrontar con realismo las crisis. El Gobierno, aunque titubeante y temeroso ante los sindicatos, parece “convertido”. Lo difícil será ahora convertir a los ciudadanos.


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